Siempre me pregunto sobre cómo será estar bajo el agua. Pero no ese estar que nos permite el sumergirnos o el bucear. Estar de una manera total.

A veces imagino que tal vez sería lo más parecido a volar. Me basta ver esos cardúmenes que describen abstractas formas en los abismos. Formas increíbles, dinámicas, voluptuosas.

 

Escribo este texto, paradójicamente, sobre el mar. Unos 10.000  metros me separan de esa superficie que imagino desde abajo. No veo nada desde la ventanilla del avión, es de noche.

Cierro los ojos y el agua que tengo sobre mi cabeza se transforma en luz. Cuesta darse cuenta si es que uno está debajo o flotando sobre sus olas. Los azules, profundos azules, se mezclan en mi recuerdo.

 

Hace poco escuché sobre una isla en el océano que está hecha de plástico, basura que el Hombre desechó y que la fuerza de la naturaleza dotó de una nueva forma. No sé si pensar esa isla como una maldición o como un destino inevitable. ¿O acaso un destino inevitable es una maldición?

El mar, tal vez, sea de plástico también.

 

Bajo el agua el silencio es solo una apariencia. El sonido no tiene sentido si no se sufre el silencio. Pienso que sin dudas ese vaivén azul es lo más parecido a estar volando.  Caminar bajo el agua, con ese azul profundo sobre la cabeza. Desear la naturaleza a pesar de uno mismo.

 

Reflexionar hasta ya no pensar. Bajo el agua.

 

 

 

Marcos Acosta