¿Qué sucede entre un lugar y otro? Ese espacio que separa los lugares, el proceso que en ellos ocurre, se me presenta con insistencia en mis recuerdos. A veces, desde la condición de pasajero uno tiene la sensación de que el tiempo se detiene, o en otros casos, se estira hasta romperse.

 

Pienso los viajes como momentos de transformaciones profundas: nunca se es la misma persona al regresar. A veces no parece que algo hubiese cambiado, pero sin embargo, tarde o temprano algo inesperado ocurre, re-significando todo lo vivido.

Los espacios entre los lugares a veces nunca los pisamos. Solemos flotar sobre la tierra sin llegar a sentir esos paisajes bajo los pies. Conocemos infinitamente más por nuestros ojos que por el resto de los sentidos, tal vez por eso los recuerdos de esos tránsitos sean imágenes. Las montañas, lagos, ciudades, rutas, caminos, bosques, sembradíos o desiertos permanecen en nuestra memoria como un registro fotográfico, ausente de olores, sabores, tacto. Sólo cuando descendemos del viaje, esos otros recuerdos pueden grabarse en nuestra mente. Y es verdad que rara vez uno desciende.

 

¿Por qué una línea trazada por nuestra memoria puede evocar ese transcurrir? A veces me pregunto… y las respuestas son difusas. ¿Seremos la acumulación de esos paisajes en nuestro espíritu? ¿Cuántos kilómetros seremos capaces de atravesar en nuestras vidas?, ¿Cuántas personas transitarán nuestras vidas?

 

Recuerdo que desde el avión, viajando de noche, se ve un océano negro salpicado de luces por doquier. Pueblos y ciudades conectados por líneas encendidas y en movimiento. ¿Dónde empieza y dónde termina el Hombre? Se me ocurre imaginar que no hay nadie en esos espacios negros… pero… ¿Qué hay entonces?

 

Unos miles de kilómetros después de partir, comúnmente se llega a destino. Pero es difícil saber si ese destino sigue siendo el mismo que teníamos en mente al salir.

Pienso que no hay mejor destino que aquel que es incierto. A veces fantaseo con un viaje perpetuo, en el que nunca debería saber a dónde voy.

Hacer obra tiene mucho que ver con esta fantasía… no hay manera de prever el final una vez se parte. Un espacio vacío genera en mí la ansiedad del movimiento, del transitar hacia nuevas fronteras en las que nunca he estado. Frontera en la que espero nadie haya pisado. ¿Será posible esa tierra virgen aún?

 

Nunca antes en la historia tantos Hombres han transitado tanto. En poco tiempo podemos recorrer vastas distancias que de otro modo nunca hubiésemos soñado alcanzar. El mundo se hizo un lugar más pequeño en nuestra imaginación con estas velocidades. Posiblemente podamos sentir la brisa en ese océano negro habitado por quien sabe qué. Sentirla y de ese modo creer que podemos comprender lo incomprensible, aunque sea por un instante.

Un transitar no es otra cosa que nacer y, en algún momento, llegar a destino, sin perder de vista lo impostergable que resulta pisar, oler, morder, tocar, vivir el paisaje entre medio de los dos puntos luminosos.

 

 

Marcos Acosta