Desde el aire todo se ve muy pequeño. El paisaje se abre majestuoso frente a mis ojos desde la ventanilla del avión. Como verdaderas explosiones nucleares, las nubes trepan el cielo hasta hacer palidecer cualquier estructura humana. Muy abajo, en zonas que se abren como huecos profundos, el Hombre ha construido su futuro.

Me es difícil pensar en cómo seguirán las cosas en adelante. Por momentos todo parece tan claro, tan firme. Sin embargo la dimensión de las nubes y el infinito que se abre sobre ellas me demuestran, dramáticamente, que nada es tan importante. Es verdaderamente sobrecogedor ese paisaje.

 

-Estoy en el futuro-, pienso de repente. Y cuando recapacito sobre esa sentencia, ya es pasado. Veo desde el aire, muy abajo, infinidad de campos sembrados. Como pequeños puntos brillantes por reflejo del sol, veo máquinas que procesan lo que ahí está sembrado. No veo al Hombre, sin embargo.

Cuando el avión despegó desde mi ciudad, Córdoba, pude ver la plaza que está a media cuadra de mi casa. Logré identificarla como un pequeño manchón verde oscuro. Ahí, en ese espacio y en pocas cuadras a la redonda, se ha desarrollado gran parte de mi vida. En ese pequeño manchón verde que está rodeado de una ciudad entera hay una historia, un pasado. No logro razonar cómo en una zona tan pequeña se puedan almacenar tantas cosas, tanta información, tanta expectativa.

 

Me vienen a la mente ciertos recuerdos, algo del perfume que había antes en mi barrio. Sin dudas me invade una cierta sensación de soledad, extraña;  pero de pronto, al atravesar las nubes a gran velocidad esa sensación desaparece. Se transforma en asombro.

La máquina avanza con una potencia impactante para nuestra sensibilidad humana. Veo la tierra desde el aire. Siento que voy hacia un futuro.

 

 Marcos Acosta