En el año 2006 conocí  la obra de Marcos Acosta en aquella inolvidable muestra que presentó en el Centro de Arte Contemporáneo “Chateau Carreras”.

Posteriormente lo conocí a él y lo que más me sorprendió fue que siendo un joven artista y, valga la redundancia, una persona tan joven, tuviese tanta madurez y claridad en su línea de pensamiento y en su estética. También me sorprendió que estuviera vinculado a la pintura-pintura, es decir, a las técnicas más tradicionales (llámese pintura de caballete, académica, etc.) que involucran el hecho mágico de enfrentarse con pinceles y colores a telas blancas de gran formato, montadas en bastidores, en una época en la que se recurre a otros procedimientos, más virtuales si se quiere, como la fotografía, los videos, etc.

 

También quiero destacar que, a diferencia de la mayoría de los jóvenes artistas, Acosta mira el pasado más reciente de la plástica cordobesa y se liga a algunos de nuestros pintores cuyos estratos sustentan a las nuevas generaciones. Con esto veo en él una actitud esperanzadora ante la actual crisis universal del arte -donde todo lo viejo es rechazado o descartado- resultado en “espejo” de la crisis  económica.

 

Que nuestro joven artista tenga esta actitud, es poco común. Que retome las banderas de la pintura-pintura, más ligada a un pasado reciente, tapado por meras formas sin contenidos, con la contemporaneidad que le toca y corresponde, me parece asombroso, admirable. En todo esto que digo, creo que la pintura lo eligió a Marcos Acosta y es ésta una oportunidad que sólo él sabrá capitalizar de la mejor manera posible.

 

Para cerrar, digo que su obra, que he seguido con atención ya sea en su taller de San Vicente o en las tantas muestras y salones en los que ha obtenido distinciones importantes, va evolucionando. He visto con atención sus últimos dibujos: sorprendentes, ocurrentes, bien planteados. Al pensar en su trabajo se me ocurre lo siguiente: imagino a Marcos, alejándose de la sociedad por unos pocos días, yéndose a la sierras de Córdoba, permaneciendo en silencio, observando y observándose, viendo por dentro lo que le está sucediendo, relajado, sin esfuerzo, imaginando las nuevas obras por crear: algunas caóticas, otras premonitorias, algunas más apacibles, otras calmas, pero todas inquietantes donde la quietud no es cierta. Unas tras otras como en el texto de Sun-Tzu: “como en un río que fluye, el lodo se posa, las hojas muertas van al mar y, poco a poco, el río se vuelve claro y puro”. Eso es Marcos Acosta y su obra.

 

Ernesto Berra