El paisaje no existe sino en la cabeza del que lo contempla (…)

Las dos condiciones, disposición interna y llamado externo,

 deben existir simultáneamente (…) para que

el mundo en el que estamos devenga en “cosa para mirar”

Gerard Simon.

 

Cosa para mirar. ¿Qué hay a nuestro alrededor que justifique la tentación paisajística? ¿Qué estados internos han sido movilizados para motivar la insistencia, casi exclusiva, en una temática?  Si, como sabemos, el género pictórico del paisaje nace en el siglo XVI y muere con las vanguardias de comienzos del siglo XX, el gesto repetido del artista de volver una y otra vez sobre el tema podría presagiar, ahora, una época de nuevos embelesamientos o, lo que es lo mismo, una nueva armonía del sujeto con su entorno. Sin embargo, los arrasados paisajes de Marcos Acosta aparecen más como inquietantes señales que como aquellos espacios de calma y reposo o agitación sublime del pasado.

 

En años anteriores, la obra del artista ha transitado por diferentes temáticas: en 1999 realiza la serie Reflexiones sobre el poder, seguida, en 2000-2002, por Pobres contra pobres y en 2006, Chicas y monstruos. Las dos primeras fueron entendidas en su momento como “arte político”, mientras que el artista se encargaba de alejarse de esa interpretación para proponer lecturas referidas a reflexiones de carácter existencial. Lo cierto es que, en 2003, como respondiendo a quienes parecían detenerse en lo anecdótico, el relato de sus obras se hace menos evidente mientras los recursos plásticos cobran protagonismo. Así, en la serie de la Guerra, en 2004, el soporte aparece como una superficie de tensión de lenguajes que refuerza o potencia la brevedad de las imágenes: chorreados o grafismos de pintura, dibujo preciso o trazado rápido conviven con el esténcil, la inclusión de las líneas de códigos de barras o alusiones a las técnicas de los medios de comunicación, a los que se suma el uso de diferentes materiales como acrílico, óleo y esmalte sintético. En aquellas obras, la crueldad del acto mortal era expuesta por zonas intensamente expresivas enfrentadas a grandes espacios vacíos o a la aparición de cuerpos geométricos en color plano, que imponían un contrapunto constructivo y desconcertante. En 2005-2006, obras como Salinas y Ruta a Catamarca, aparecen en la misma línea de trabajo a la vez que se afirma, cada vez con más fuerza, la temática que desarrollará en Monte Arriba.

 

Los dibujos y pinturas de esta nueva serie han sido realizados en 2006-2007. En ellos, la mancha de tinta, el nervioso trazado de la pincelada de color o las rastrilladas de materia sobre el soporte parecen haber conducido al hombre a ser sólo unos pocos y terribles indicios. Una pequeña hoguera, la fugacidad del humo, precarias habitaciones, un cuerpo abandonado o, lo que es más desolador, la pureza de una ruta vacía, emergen como huellas de un enigmático relato. Lejos de una serenidad paisajística los trabajos de Acosta sólo pueden provocar un nerviosismo alarmante. Como muestra de un detritus, no se trata de una batalla ecologista sino de pensar sobre la tela las condiciones del mundo. Son llagas que diseccionan al ser humano desde los elementos plásticos. Paisajes nuevos (de la decepción) como en Van Gogh, cierto Berni o más cerca, Stupia, aparecen como agitadas miradas sobre el mundo, insisten en negros o en superficies intensamente  trabajadas por el color, abigarradas, y por eso mismo alarmantes. El vacío, cada vez más mínimo, se mantiene en estos trabajos como un elemento de tensión que impone aquí o allá un cierto orden desolado. Mientras, la presencia latente de la muerte atraviesa toda la serie, “no tanto la muerte en sí misma, sino la idea de ella, lo incomprensible y el temor atávico que me produce la conciencia de ella. Tal vez en esos montes hirsutos que abundan en mis trabajos se esconda furtivamente ese temor a lo inenarrable”, como indica el artista. Depósitos de memoria, lo quiera o no su autor, algunos paisajes actúan como disparadores de otros problemas y Lo que el río arrastra, con sus cuerpos flotantes, refiere inevitablemente a nuestra historia cercana. Como escritas desde el automatismo obras como Gran pradera, Paisaje azufre, Cactus en Flor, por ejemplo, evocan los, también inquietantes, paisajes del surrealismo.

 

El dibujo en pequeñas dimensiones apela a la mirada detenida y silenciosa mientras, los grandes formatos, comprometen casi físicamente al espectador. Vacío o denso espesor. Acosta apela a un constante ir y venir perceptivo. Sus paisajes parecen situarse así entre la conciencia del poder destructivo de nuestra época, de los esfuerzos por entender la condición humana y el gesto, mínimo y casi solitario, de un lírico Atardecer.

 

Maria Teresa Constantin, junio de 2007