Es conmovedora la ciudad desde el piso 25. La puedo sentir como un organismo vivo, como un océano que respira por debajo de su piel. Imagino las millones de personas que ahí habitan, sus múltiples historias, sin embargo no veo a nadie.

En un ángulo a lo lejos, cerca del horizonte, una manta verde, texturada, se expande en un extraño contraste con el cielo de nubes bajas, amenazantes. Los edificios parecen ignorar que no son tan altos como parecen a nuestros ojos.

 

¿Cuáles son las razones por las que estamos anestesiados? El cielo es demasiado inmenso como para ignorarlo tan explícitamente, sin embargo no lo vemos.

Entre los muros de cemento, acero y vidrio también veo que emergen como a borbotones, árboles. Por momentos pienso que son ríos que nos conectan a la naturaleza, pero… ¿estaremos desconectados? ¿o acaso es parte de nuestra función dentro del orden natural no ser conscientes de lo que nos rodea?

 

De pronto anochece. La marea se torna negra, repleta de destellos y luces. En cada una de ellas sigo adivinando historias, milagros. Me cuesta bastante ver, es un todo demasiado intenso. El sonido de esta gigantesca masa se parece demasiado al aturdimiento. Buenos Aires se abre majestuosa en su noche frente a mis ojos.

 

¿Cuánto tiempo nos queda? Me pregunto. ¿Qué pasará en los ojos de quien vea este paisaje dentro de 500 o 1000 años?. Imagino que posiblemente todo sea aún más asombroso para entonces. O tal vez todo sea igual; al fin y al cabo el tiempo para nosotros es un segundo. ¿Qué son estos años en una escala Universal?. Tal vez nada, sin embargo todo.

 

Una vez más me doy cuenta que lo que verdaderamente importa es la conexión que existe entre todas las cosas. La relación íntima entre todo lo que anima este paisaje, incluyéndonos. Una vez más comprendo que, pese a todos los esfuerzos que hagamos, nunca vamos a entender nada, todo es infinitamente misterioso.

Eso, increíblemente, me provoca una gran felicidad. Es asombroso estar vivo.

 

 

 

Marcos Acosta.