La tarde se vuelve naranja y la ciudad se agita imperceptible, minúscula, con una cadencia suave, casi como durmiéndose. Desde el teleférico puedo ver hacia casi todos lados y puedo sentir el vértigo de saberme tan frágil y pequeño como el paisaje.

Las montañas, enormes, crecen desde la base de la ciudad. Emergen como grandes organismos vivos. Parece que amenazaran las estructuras humanas que se organizan más abajo, indiferentes a las monstruosas fuerzas que empujan desde las entrañas y hacen crecer las rocas hasta acercarse al cielo.

 

¿Cuánto tiempo nos queda? – me pregunto una vez más-. Sin respuestas más que las que me permite la fantasía, continúa el ascenso y veo cada vez más pequeñas las huellas del Hombre. No deja de asombrarme cómo las ciudades se transforman en una masa única desde el aire y cómo el ser humano desaparece, es invisible.

 

Una y otra vez pienso en el tiempo, en los momentos que se suceden, uno tras otro, inevitablemente. Pienso y se despierta en mí una extraña nostalgia por lo que aún no ha sucedido, por la conciencia de que lo que vendrá, también pasará. Es interesante la sensación desde lo alto cuando uno mira una ciudad. Parece que el tiempo se detuviera, que de pronto todo se suspendiera. A veces pienso que esa es la realidad, que todo está suspendido, que nada se mueve verdaderamente. Sin dudas todo es un problema de escalas. El tiempo, como medida humana, es una escala que nos ponemos frente a lo incomprensible del universo. También es cierto que nuestra naturaleza, nuestra esencia, depende de esa escala. Una escala que nos hemos construido y que, paradójicamente, nos excede hasta hacernos desaparecer.

 

El resplandor que se agita en el horizonte, más allá de las montañas, más allá del Hombre, indica el fin del día. Pienso que sería fantástico poder hacer este viaje sobre la montaña de noche y ver Salta encendida como destellos de fuego sobre el negro profundo en que se convertirá este paisaje en unos momentos. Nada más elocuente sobre nuestra fragilidad y sobre el tiempo que ese punto de luz titilante en la inmensidad negra. Una vez más es evidente que dominar el fuego es, para nuestra especie, lo más importante, lo que nos permite soñar con vencer el tiempo, alargando el día, haciendo de la ciudad una cápsula que se separe del resto de la naturaleza, que nos permita creer que somos algo más que el resto de los seres vivos.

 

Sin embargo la luz está en el medio de la oscuridad. Sin embargo la luz está en la naturaleza. Sin embargo somos eso y nada más.

 

 

Marcos Acosta